ANTONIO LUCAS NO CREE EN EL PERIODISMO POÉTICO

Una mano carcomida por el hielo de la senectud se alza temblorosa, palpitante, y más veloz que la de una juventud ocupada galopando sobre los teclados, y derramando tinta sobre el último hueco de una hoja emborronada. Quién sabe qué letras estaban pactando palabra en cada cuaderno y pantalla. Cualquier frase de Antonio Lucas es buena para llenar una hoja en blanco, para ocupar la inmensidad de los píxeles.

Guillermo Busutil había abierto el turno de palabra.

De unos pulmones cansados huye una voz trémula, nada la distingue de la profundidad del mar hasta que se presenta. “Soy José Antonio Portillo, autónomo y gran lector de prensa”, dice mientras una mano joven le acerca el micro. La pasta roja de las gafas de Antonio Lucas recibe brillante la pregunta —hasta entonces el fulgor carmesí había estado bailando entre la mesa, unas pupilas comunes y la frente donde hormiguean las ideas afiladas y las palabras precisas.

El alegato se alarga durante más de dos minutos, las subordinadas llegan a conquistar una oración llena de recovecos y ramas que se pierden incluso antes de nacer. Parece que no le queda aliento para expirar el aire de la pregunta, solo para adular con el olíbano de la palabra a un hombre de chaleco, fular rojo y botines de boxeador. A un columnista. A un poeta —bien se encarga Antonio Lucas de recalcar que eso no es ningún halago. “El periodismo poético no existe”.

El periodista de El Mundo despacha eficaz la interrogación que solo los periodistas reciben “¿te han censurado por no enfadar al señorito, al que paga?” “A mí nunca me han dicho esto no sale, pero sí me han relegado a páginas menos nobles”, dice cauto.

Turno de los jóvenes

Una vez el aplauso dio por concluida la charla, jóvenes y veteranos, periodistas todos, se agolparon en el hall. El anciano ya había marchado. Un entorno demasiado jovial para un cuerpo aterido por el frio del tiempo.

—¿Me dejas hacerme uno? —dice Antonio Lucas señalando el tabaco de liar Virginia, que pertenecía a uno de los noveles periodistas, a los que había calentado el pecho al hablar de reportajes en pueblos nudistas y en barcos surcando olas de más de 10 metros.

—Sí, claro.

El marrón con trazas naranjas de un tabaco fresco se deja caer sobre el lecho de un papel OCB. Los dedos de Antonio Lucas se deslizan rápidos y feroces dándole forma al cigarro, con la misma precisión que elige cada una de sus palabras, de sus metáforas.

—Seguimos fuera —dice Guillermo Busutil, con un tono mucho más distendido que el usado en la entrevista.

—Sí, mejor. Y así estos chicos me dan fuego —responde Antonio Lucas.

Antonio Lucas devuelve el mechero a un jóven periodista despues de encenderse en un cigarro. Se ven otros dos periodistas observando la escena.
Antonio Lucas comparte unos cigarrilos con unos jóvenes periodistas a la salida de su ponencia. Autor: Jerónimo Leal

Al calor de la candela del tabaco el frio de noviembre parece esfumarse avecinando navidad. Algunos jóvenes encienden sus pequeñas antorchas que sostienen con dos dedos para compartir la ceniza que cae al suelo. Quizás sea su forma de mostrar respeto —o condolencias— al Periodismo escrito en altas. “Lo que tenéis que hacer es atreveros, moveros, hacer periodismo”, dice Antonio Lucas, mientras hincha sus pulmones con el humo de un periodismo demasiado romántico como para serlo.

Poco a poco cada uno de los cigarros se consume y una vela al periodismo se apaga.

—Me lo tengo que llevar ya, lo siento —dice Busutil, agarrando el brazo derecho de Antonio Lucas.

—Lo siento, chicos. Mucha suerte y muchas gracias —expira la última calada del cigarro.

El chaleco, que esconde una camisa con insignias de pétalos, el fular rojo y los botines de boxeador se acaban esfumando entre el bullicio de las gentes.

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