ISABEL BONO: “YO NO CONSIDERO QUE TENGA ÉXITO NI LO VAYA A TENER

—Eso no lo puedo decir y menos delante de una grabadora.

De acuerdo, esperaré a leer el libro.

Isabel engrasa sus labios con una fría tonica y su voz de terciopelo inuda el comedor de un hotel. Ya sabe el final de su nueva historia —dice que no escribe novelas sino libros—, pero aún no puede contarlo. “Ni siquiera a mi marido”, sale de su boca mientras suelta una carcajada, que inunda una habitación repleta de luces amarillas y música pop.

Isabel Bono (Málaga, 1964) llegó a la poesía por un accidente, a la prosa por un email y ahora camina con caras raras mientras una vieja le habla desde dentro. La sola idea de escribir hace centellear sus pupilas, sigue teniendo el entusiasmo de una niña a la que las letras le visitaron en una azotea a los siete años y se dio cuenta de su superpoder. Escribir. En cualquier hueco donde pinte un boli.

—Te he traído la primera novela que publiqué. Es horrible –dice, mientras saca del bolso una edición de tapa blanda, en un formato alargado, de Ciego Montero, ¿dónde te metes?

Una curiosa edición.

—Es horrible, no te preocupes, puedes decirlo —la risa llega para ocultar su rostro.

Imagen adquirida de archivo. Se ve a la escritora malagueña Isabel Bono en un plano tomado de cintura hacia arriba. Sonríe y tiene el flequillo echado a su derecha. El fondo está difuminado y la instantánea en blanco y negro.
Foto de archivo. Autor: Eloy Muñoz.

Quisiera que esta fuera una conversación entre escritores, o al menos, amantes de las letras.

Oye, no te menosprecies, quizás escribas mejor que muchos.

Decías que para escribir no tenías suficiente experiencia.

Sí, es cierto. Publiqué mi primera novela con cincuenta y tantos años, y eso que tenía ya siete escritas. Las escribí de joven, pero con 20 años no me habían pasado suficientes cosas para escribir algo bueno. Sí veo chicas, y generalmente son ellas, que escriben hoy novelas muy jóvenes y me parece extraño. Yo creo que los editores ahí solo ven negocio.

Quizás.

Claro, una chica joven, guapa, que te enseña el hombro en las redes. Eso vende. Cuando veo a Emma Cline [autora de Las chicas] escribir de esa forma a veces dudo que lo haya escrito ella, porque genios hay muy pocos en el mundo. De verdad que dudo. Igual sí lo hizo, aunque no creo que sea bueno levantar a alguien tan pronto. El éxito es muy peligroso, yo no considero que lo tenga ni que lo vaya a tener. Soy una minoría y me alegro mucho de ello. No voy a presentarme a más premios. ¿Para qué?

“Yo no considero que tenga éxito ni lo vaya a tener”

Me sorprende.

En mi mundo ideal no existen los premios. Hacemos las cosas porque nos gusta y para divertirnos y ya está. Y para que los amigos nos lean, nos quieran un poquito más. Los premios solo facilitan el publicar y te permiten darte a conocer. Nada más. Fue mi marido quien me animó a presentarme al Cafe Gijon, y por aquel entonces ni siquiera la tenía terminada. La presenté porque era por email, sino nunca lo hubiera hecho. Vamos a dejar los premios a la gente joven para animarlos. A mí el premio también me envalentonó, sino Diario del asco nunca hubiera nacido. No me parecía lo suficientemente bueno.

Parece que los escritores son los que menos admiran sus historias.

Que va, yo conozco muchos que se gustan mucho. Demasiado.

A Isabel solo le interesa encontrar su cofradía. Una en la que las letras no acaben en la zeta. Ya conoce el nombre, “La cofradía de los soterrados”, un club de raritos que aman la lectura. “Me da igual que sean dos o mil”, dice con curioso entusiasmo.

Tu escritura es muy directa. No deja lugar a la descripción.

Claro, porque yo escribo a fragmentos. Mis libros son una recopilación de papelitos que escribo cuando algo me llega. Mi método, si se le puede llamar así, es el desorden. Me gusta sorprenderme e ir metiendo cosas que me ocurren. No sé si te acuerdas, pero en Una casa en Bleturge había un fragmento que se llamaba sapo azul. Fui al supermercado y ese sapo azul estaba en la acera. Esa imagen se me quedó clavada y a partir de ello comencé a imaginar. Escribí sapo azul en un papelito. Después solo tenía ganas de llegar a casa, sentarme delante del ordenador y volcarlo.

Escribir es una conversación con el papel, ¿no crees?

Sí, y una vez que lo publicas, es una conversación con el lector. A mí lo del monólogo interior me machaca mucho, necesito sacarlo, por eso escribo. Al final, lo hago solo para mí. Estoy segura que habrá gente que me lea y no sienta nada, pensarán menudas pamplinas. Pero me reconforta cuando alguien me escribe y me dice que ha sentido algo con mis historias, ahí el publicar ya cobra sentido. El escribir lo tiene por sí mismo, pero el publicar no estoy segura.

¿De verdad tiene sentido escribir?

Claro, a mí me sirve para no volverme loca. Intenté pintar para sacar lo de dentro, al final toda mi familia lo hace. De hecho, les enseñe a mis padres una decena de cuadro que había hecho yo. Me dijo “¿tú no escribías, pues sigue escribiendo?”. Es la mejor crítica que me pudo hacer.

La conversación vaga a la deriva por mares de tinta y grafito, en el que las rocas forman letras. Parece olvidar que está en una entrevista, solo le interesa recomendar libros —típico de escritores. Ya solo queda un debate sobre formas de escribir.

En prosa sí usas mucho punto. Eso me gusta.

—Es que sino no me publicarían –suelta una larga carcajada que se pierde en una habitación inundada por el bullicio de las gentes–. Ha llegado la hora de comer y parece que la conversación agoniza.

—Sí que recuerdo un libro de Saramago que era solo comas. ¿Lo recuerdas?

De él solo leí Ensayo sobre la ceguera

—Yo ya no me acuerdo ni de lo que le he leído, pero me aburre un poquito Saramago. Me gusta verlo hablar. Sin embargo, leyéndolo no me llega y me da pena –dice, mientras apura el último sorbo de otra tónica.

—Parece que esto se va a llenar.

Sí, eso parece.

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